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Por: Abelardo Ávila* (El Universal, 6 agosto 2010)

 

En México enfrentamos la explosiva emergencia de una epidemia de obesidad de singular agresividad. En ninguna otra parte del mundo se observa un crecimiento tan acelerado ni daños a la salud en forma tan precoz. La gravedad de la situación es evidente. Las enfermedades consecuentes y relacionadas con la obesidad causarán este año en nuestro país, alrededor de un cuarto de millón de muertes.

 

Diez millones de adultos padecen diabetes, otros 20 millones están afectados por padecimientos asociados con la obesidad: hipertensión, cardiopatía isquémica, infartos, accidentes cerebrovasculares, esteatosis hepática, trastornos articulares, así como varios tipos de cáncer muy frecuentes. Se trata de padecimientos prácticamente incurables, progresivos, de alta letalidad, incapacitantes, de tratamiento permanente y costoso.

 

Desde hace más de 20 años, el Instituto Nacional de Nutrición advirtió la urgencia de tomar medidas para evitar que se produjera la situación a la que hemos llegado. Desde entonces, con repetidas confirmaciones mediante investigación epidemiológica, se identificó que el patrón de consumo de bebidas y alimentos de alto contenido de azúcar y densidad energética en el ámbito escolar, era una de las causas más conspicuas en la compleja red de determinantes de la epidemia de obesidad. A pesar de ello, el enorme poder de las empresas refresqueras bloqueó —y sigue bloqueando— cualquier medida que limite su consumo en el ámbito escolar.

 

La Secretaría de Salud estima que el gasto implicado en la atención de los padecimientos consecuentes de la epidemia de obesidad desborda ya la capacidad financiera del sector salud y que, en el futuro cercano, esta situación llegaría a provocar su colapso. En todo caso, la posibilidad actual y futura del manejo de estos padecimientos sólo es de naturaleza paliativa, frecuentemente prolongando años de vida no saludable.

 

Desde hace más de 20 años, el Instituto Nacional de Nutrición advirtió la urgencia de tomar medidas para evitar que se produjera la situación a la que hemos llegado. Desde entonces, con repetidas confirmaciones mediante investigación epidemiológica, se identificó que el patrón de consumo de bebidas y alimentos de alto contenido de azúcar y densidad energética en el ámbito escolar, era una de las causas más conspicuas en la compleja red de determinantes de la epidemia de obesidad. A pesar de ello, el enorme poder de las empresas refresqueras bloqueó —y sigue bloqueando— cualquier medida que limite su consumo en el ámbito escolar.

 

Recientemente, la grave situación y el reclamo insistente de instituciones académicas y ciudadanas, han hecho inevitable que se produzcan iniciativas para tratar de regular la oferta, la publicidad, y moderar el consumo de este tipo de alimentos que la sabiduría popular con gran atingencia ha denominado chatarra. Una iniciativa de gran importancia ha sido la propuesta de lineamientos generales para el expendio o distribución de alimentos y bebidas en los establecimientos de consumo escolar de los planteles de educación básica promovida por la Secretaría de Educación Pública y la Secretaría de Salud.

 

La reacción de algunas empresas ha sido muy decepcionante; han tratado de defender lo indefendible, mediante subterfugios como el negar que el problema exista, comprar la conciencia de algunos investigadores y tratar de desacreditar la rigurosa investigación que sustenta la necesidad de sacar a las bebidas endulzadas y demás alimentos inapropiados de las escuelas. Han tratado de ganar años de venta con argumentos insostenibles, sin importarles lo grave y apremiante de la situación. Están repitiendo el mecanismo empleado por las industrias tabacaleras y los fabricantes de sucedáneos de leche materna, cuando la evidencia epidemiológica reveló el grave daño que sus productos ocasionaban entre la población vulnerable.

 

Las muertes de adultos mayores causadas por el cigarro y de los bebés, por la irresponsable introducción de sucedáneos de leche materna en localidades pobres de Asia, África y Latinoamérica, no fueron valoradas ante las exigencias de la ganancia empresarial. Durante la segunda mitad del siglo XX, estas muertes sumaron tantas como las producidas por todas las guerras del periodo. Sólo cuando la condena social y la toma de decisiones firmes por parte de la Organización Mundial de la Salud las obligó a someterse a una regulación estricta fue posible empezar a limitar el daño.

 

Recientemente, la grave situación y el reclamo insistente de instituciones académicas y ciudadanas, han hecho inevitable que se produzcan iniciativas para tratar de regular la oferta, la publicidad, y moderar el consumo de este tipo de alimentos que la sabiduría popular con gran atingencia ha denominado chatarra. Una iniciativa de gran importancia ha sido la propuesta de lineamientos generales para el expendio o distribución de alimentos y bebidas en los establecimientos de consumo escolar de los planteles de educación básica promovida por la Secretaría de Educación Pública y la Secretaría de Salud.

 

Cabría suponer que, por racionalidad elemental, se tuviera conciencia del enorme riesgo económico y social que implica destruir la salud de la población que constituye el bono demográfico que permitiría superar la etapa de subdesarrollo. Ello depende de que la población escolar actual desarrolle plenamente sus capacidades tanto físicas como intelectuales; es decir, que hayan sido una generación bien alimentada, sana y educada.

 

La situación actual no puede ser más ominosa. El entorno escolar obesigénico propicia que la mayoría de los niños adquieran hábitos y estilos de vida que los conducirán precozmente a la obesidad y a las enfermedades consecuentes. Al llegar a la edad productiva, lejos de generar riqueza, demandarán servicios de salud incosteables tanto para los servicios públicos como para la familia. El envejecimiento de la población en condiciones de subdesarrollo tendría consecuencias catastróficas y haría absolutamente inviable el país.

 

* Investigador del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán